¿Qué es El cuento de mi vida?
Debo confesar que, cuando el texto llegó a mi correo electrónico, comencé a leerlo con ciertonervio y con indómita tensión. ¿Y esto cómo se lee? Después de tantos años de seguirle la pista a la obra de Caicedo, ¿cómo enfrentarme a un nuevo e inesperado hijo de más de treinta años? Las dudas se despejaron rápidamente cuando me devoré sus páginas. Allí estaba consignado y confirmado el talento feliz de su autor, su horrorosa sinceridad, su temible sentido del humor, su eficacia narrativa, su poderosa manera de enfrentarse a la autodestrucción, con las herramientas intactas de un escritor que decide inmolarse mientras se enreda en sus palabras. Al leer los textos (que Andrés insiste en no llamar “diarios”), uno queda con la sensación de que su autor vivía algunos asuntos de la vida real para poder escribirlos y reflexionar sobre ellos. La vida, para Caicedo, era preferible escrita. Da la impresión de que su autor quería ser una especie de aciago demiurgo al que le estorbaba el ritmo banal de la existencia, pero al que estimulaba a más no poder su traducción en signos escritos.
Cuatro secciones extraídas de sus cuadernos personales y dos cartas demoledoras nos dan cuenta de los pálpitos del corazón delator de Andrés. De repente, el único reproche que tengo a El cuento de mi vida es que queda faltando algo. Uno como que quisiera más. Pero, bueno. Es que con la obra de un escritor suicida siempre va a quedar faltando algo. Y estoy seguro de que los lectores incondicionales de Caicedo siempre querrán, querremos, que se nos rebose la copa. Bienvenido este cuento de la vida de Andrés, que nos abre las
puertas, una vez más, al misterio de su muerte.
Sandro Romero Rey
